Homenaje al Dr. Arturo Ardao

A un mes de su muerte (22 de setiembre de 2003)

La figura del Dr. Arturo Ardao estuvo acompañada desde siempre por un unánime reconocimiento intelectual y profesional. A poco de recibirse de doctor en Derecho, en 1939, enseña Filosofía en el Instituto Magisterial en 1941, y en Secundaria desde 1941 hasta 1967. Integra el Consejo Directivo de la Facultad de Derecho en el período 1942-43, es profesor de Historia de las Ideas en América en la Facultad de Humanidades y Ciencias desde 1949 hasta 1974, en el Instituto de Profesores “Artigas” entre 1954 y 1960, y es profesor de Sociología en la Facultad de Derecho en 1949-50. Es Miembro del Consejo de Secundaria en 1956 y hasta 1960, Director del Instituto de Filosofía de La Facultad de Humanidades entre 1963 y 1974, que tiene a su cargo la edición de los “Cuadernos Uruguayos de Filosofía” y que Ardao dirige a partir del Tomo II. Es Presidente de la Comisión Central de Investigación Científica de la Universidad en 1966 y hasta 1968. Debió gozar de gran prestigio puesto que se le designa Decano de la Facultad de Humanidades para el período 1968-1972, y pasa a integrar rdao dirige rgo la edicicontenido y cuidadoso discurso de Ardao, una ansiedad que fue defendida con pasiel Consejo Directivo Central de la Universidad.

PRIMERAS INVESTIGACIONES

Era acreedor de una elevadísima reputación desde antes de su exilio en Venezuela, en 1976. Para esta fecha ya había realizado gran parte de una vasta labor y, para evocarla, no hay más que mencionar su libro sobre Basilio Muñoz, escrito en colaboración con su amigo, el maestro Julio Castro, sus obras sobre filosofía pre-universitaria, sobre la Universidad, el espiritualismo y el positivismo, su estudio sobre Batlle y Ordóñez y el manual sobre filosofía uruguaya del siglo XX. También, la investigación sobre el racionalismo y el liberalismo, los ensayos sobre Rodó y Vaz Ferreira, las famosas Etapas de la inteligencia uruguaya, editadas en volumen en 1971 e, incluso, sus investigaciones de filosofía española entre las cuales destaca la dedicada al pensamiento de Benito Feijóo y a su influencia en América. Debe agregarse la prolífica actividad periodística en “El Nacional”, en “Acción”, en “Marcha”, en “Cuadernos de Marcha” y en otras publicaciones de otros países de América Latina.

Había iniciado una tarea nueva, no porque esta región careciera de una historiografía ni porque estuviera por hacerse la Historia Nacional. Ardao enriquece la ciencia histórica –“enriquece” nriquece» histes una palabra pobre– merced a un nuevo enfoque que presta un sentido renovador a la memoria del continente. La novedad consiste en dar a luz una línea historiográfica apenas explorada en sus raíces primigenias. Le da especial fervor el hecho de detenerse en la “idea latina”, es decir, en la configuración ideológica de América Latina, inaugurada en los designios, ideales y desvelos de figuras de la talla de Miranda y Bolívar en su sueño de unión americana, idea que puede encontrarse representada en lo local por la visión confederativa de Artigas (figura a quien Ardao dedica Artigas, bautista de la República Oriental, de 1994, Desde cuándo el culto artiguista, de 2001, y su último libro editado en vida: Artigas y el artiguismo, de 2002). Se trata, en sentido estricto, de la historia de este fervor más que de su posible cohonestación respecto a otros “relatos” o interpretaciones, aunque aquí y allá escape, irrefrenable en medio de un discurso especialmente contenido, una inquietud defendida con pasión en el horizonte político y periodístico respectivo.

EVOLUCIÓN DE LA HISTORIA DE LAS IDEAS

Durante su exilio inicia una de las exploraciones más relevantes: Génesis de la idea y el nombre de América Latina. Pero éste no es más que el título. En profundidad es la historia de los orígenes europeos de una forma única en que se contemplaba el futuro de los pueblos latinos de América. Orígenes europeos por el lugar, pero en la concepción de latinoamericanos que se encontraban en él, cuyo representante ejemplar es el colombiano José María Torres Caicedo. Con esta investigación Ardao, que nunca había dejado de cultivarla, desarrolla una filosofía que viene anunciándose desde varias décadas atrás y que estalla en 1978 con sus Estudios latinoamericanos de historia de las ideas (ensayos de los sesenta y setenta, incluido uno de 1948), volumen que combina historia de las ideas con lógica y antropología. Completa ahora su indagación con una filosofía de la historia, estableciendo un criterio de demarcación para su ciencia, una orientación axiológica para sus propósitos y un fundamento antropológico para el objeto de sus estudios. Fertiliza el sentido de sus intuiciones retrospectivas abonando con el quehacer y con el plano mental de los personajes examinados, interpretados metódicamente, “corregidos” por decir así, presentados en su dimensión humana y debidamente imbricados en el perfil de la época. Registra en su propósito una semejanza con el “corte epistemológico” –sobre todo en sus estudios sobre historia de la filosofía y en sus observaciones sobre la “conciencia filosófica” de algunas importantes figuras de América Latina– o “paradigma”que conocemos a partir de las obras de T. S. Kuhn, pero que fue prefigurado por el ruso Alexandre Koyré –a quien más recuerda–, renovador indiscutido de la historia de la ciencia. Esta impronta escapa a las características fundamentales de la historia de las ideas y de la filosofía de un Gaos, de un Zea, de un Roig o de un Romero, y aun de aquellos que integran las generaciones que siguen a la de los mencionados filósofos, que intentan la avenencia, para decirlo con una fórmula trasegada pero compacta, entre el objeto y el sujeto de la reflexión filosófica del continente.

Es posible aislar, de esta manera, una filosofía única en el amplio espectro del pensar contemporáneo de nuestros pueblos de lengua española. Es posible, igualmente, advertir su impacto en los medios académicos y periodísticos, sobre todo del Uruguay. De todos modos, Ardao es reconocido como historiador, como organizador y revelador de la historia intelectual de nuestro país, citado por todos porque ha facilitado el esclarecimiento de un pasado conocido parcial o equívocamente, y porque ha revelado inadvertidos papeles en el proceso de formación de las comunidades de los países de América Latina, estudiados especialmente en sus orígenes (porque tenía la pasión de los orígenes). Era aquel que venía a establecer la historia ideológica –tal vez pero sin entrar en un problema que aquí no cuadra, en el sentido que defendía Manuel Arturo Claps, esto es, en tanto la historia de las ideas pueda ser vista como historia de las ideologías. Ardao venía a establecer una historia de todas las ideologías, si es que hay muchas y no una sola, políticas, culturales, religiosas y filosóficas.

EVOLUCIÓN DE SU FILOSOFÍA

Durante y después de su exilio se fue conociendo más la filosofía que entrañaba aquella manera de indagar el pasado de Uruguay y de América Latina. Se sumó el conocimiento de la antropología de Ardao. Esta faceta no era nueva en el pensador y se gestaba meticulosamente desde la década del cuarenta con, por ejemplo, su artículo “En la muerte de Bergson”. Ardao recopiló sus ensayos de antropología filosófica y de filosofía del espacio en Venezuela, en 1983, Espacio e inteligencia, reeditado en Montevideo en 1993. Estos ensayos, que en su mayoría pertenecen a las décadas del sesenta y del setenta, forman parte de un programa paralelo al de la lógica (demostrar que la inteligencia es inclusiva de la razón): demostrar cómo el espacio es inclusivo del tiempo. Se encuentra entre las más fecundas y modernas indagaciones de Ardao que, como era de esperar, tardará más en ser reconocida y discutida.

Un día habrá de realizarse la exégesis de su filosofía del espacio, tanto más cuanto que vivimos en una época en que la cosmología ha establecido la fisonomía de un universo espacialmente insospechado. Se dice, de acuerdo a teorías que al menos se ajustan a seriedad científica, que cada punto del espacio estaría plegado en seis dimensiones más de las que conocemos. Y que la gravedad, aunque sea comparativamente débil en relación a la fuerza electromagnética, es extremadamente grande respecto a las grandes masas, encontrándose que ha triunfado totalmente en los agujeros negros, como el que se ubicaría en el centro de la Vía Láctea, objeto de 2,6 millones de veces la masa del sol, o como los de otros centros galácticos que pueden llegar a ser mil millones de veces la masa del sol. ¿Qué puede el tiempo ante estos números? Se podrá decir que puede mucho cuando hablamos de los quince mil o veinte mil millones de años de edad del universo. Pero, ¿qué son estos millones sino distancias?

La filosofía dimanante de su trabajo de historiador se constituye sobre una triple base de carácter liberal en el plano de las ideas, racionalista en el de los conceptos y naturalista en el de sus concepciones antropológicas y científicas. Pero ninguno de estos lemas puede rubricar a plena satisfacción la naturaleza evolucionista de sus indagaciones, la carencia casi total de especulación descuidada ausencia total de especulacim y el sistemático bloqueo de hipótesis sencillas o sospechosas. Es una filosofía que no escapa a uno de los observadores más perspicaces de la filosofía universal, don José Ferrater Mora, que incluye al doctor Ardao, junto a Carlos Vaz Ferreira, en el que quizá sea el más completo Diccionario de filosofía de todas las lenguas.mayor n el que quiz al doctor Ardao, junto a CArlos
El final de la década de los ochenta es la época de Andrés Bello, filósofo (1986), obra en la cual Ardao hace gala de sus conocimientos de lingüística moderna, de gramática y de semiótica, puesto que era un experto de filología románica pero pertrechado con el equipo técnico de los semánticos filosóficos de la segunda mitad del siglo XX, equipo que se encuentra sólo en algunas figuras de las talla de Juan David García Bacca o de Xavier Zubiri –quienes, sea dicho de paso, no contaron con la total admiración de Ardao.

Vuelto a su patria recibe el Premio Nacional a la Obra Intelectual en 1988 y el Gran Premio Municipal de Literatura “José Enrique Rodó” al año siguiente. En 1987 había publicado La inteligencia latinoamericana, otro volumen fundamental, con ensayos predominantemente de los setenta y ochenta, de filosofía de historia y de historia de la literatura y de la filosofía. Entre ellos se encuentra el que contiene su concepto de “ideas-juicio”, piedra angular de la lógica histórica de Ardao. Y en 1990 publica Nuestra América Latina, recopilación de ensayos que intercambian un esclarecimiento mutuo en tanto presentación de la “idea latina”, pero también de la génesis del nombre de América Latina. A su vez pulsan una muy precisa justipreciación de los espacios con referencia a los tiempos y a las fuentes etnolingüísticas de los pueblos, ora tributantes de Hispanoamérica, ora de Iberoamérica o de Latinoamérica. Porque se trata del proceso que conduce del viejo “americanismo”, de ambiguo nombre, al latinoamericanismo naciente, como expresión de una corriente que siempre tuvo a Bolívar como centro tanto generatriz como directriz.
En 1991 recibe el premio “Gabriela Mistral”, en el comienzo de una década que es la de Romania y América Latina y de España en el origen del nombre América Latina. En 1992 es Doctor Honoris Causa de la Universidad de la República, institución que en 1995 edita los Ensayos en homenaje al doctor Arturo Ardao, bajo la dirección de profesor Manuel Arturo Claps. Se podría decir, en este momento de su evolución filosófica, que ya no quedan dudas acerca de la fidelidad a la por él mismo llamada “filosofía de la experiencia”, iniciada en Uruguay por Rodó y Vaz Ferreira. Y que no quedan dudas de que la inteligencia resulta el fundamento último de su filosofía del hombre, inaugurando así la que podría llamarse “filosofía de la inteligencia”. Por lo demás, edita en 1996 la conmovedora antología, en gran parte autobiográfica, La Tricolor Revolución de Enero. Recuerdos personales y documentos olvidados, y vuelve al gran español del siglo XVIII con su nueva obra Lógica y metafísica en Feijóo.

PENSAMIENTOS PENÚLTIMOS

En el año 2000 recibe, junto al filósofo e historiador argentino Arturo Andrés Roig, el título de Ciudadano Ilustre de la Ciudad de Buenos Aires, otorgado por el Gobierno de esa ciudad y el Corredor de las Ideas del Cono Sur. Es el año de la publicación de una obra que corona todo el trabajo de Ardao: Lógica de la razón y lógica de la inteligencia. Este libro modifica, principalmente por efecto de una detonante ampliación, y enseguida se explicará por qué, el universo filosófico de Ardao. Hasta este momento, e incluso después de 1985 y a pesar de los reconocimientos de la Universidad, de la Municipalidad de Montevideo, y también del Senado de la República –que brindara un cálido homenaje al maestro en ocasión de cumplir sus 90 años en el año 2002–, el país no estuvo a la altura de las circunstancias.

El país supo valorar en vida a quien tal vez sea el mayor pensador después de Vaz Ferreira (aunque no hay demasiado lugar a la comparación por tratarse de mentalidades diferentes, susceptibles de ponderarse independientemente, teniendo en cuenta sus muy diferentes contextos históricos). Pero no fue fehacientemente capaz de enunciar el porqué de su valoración. Habría de decirse, como del mencionado Vaz Ferreira, que sabía de su importancia sin conocer del todo el fondo del asunto. Por muchos años todo el mundo sabe perfectamente que el de Ardao es un nombre insustituible en la historia de la inteligencia uruguaya. Pero nadie entra en cuestión, con la salvedad de alguna intervención académica o periodística que cubre alguna de sus facetas o que reseña alguno de sus libros. Parecería que, hasta hace muy poco tiempo, y aunque se leyeran algunas de sus obras, no se hubieran meditado adecuada y suficientemente. Había ocurrido también con Rodó, y ocurre igualmente con otras figuras contemporáneas a Ardao. No se sabe bien por qué. El hecho de que se rumoree un nombre no quiere decir que se difunda su significado profundo.

Pero, ¿por qué Lógica de la razón y lógica de la inteligencia amplía el universo filosófico de Ardao? Principalmente porque da un lugar en la historia de la lógica a la llamada “lógica concreta”, que hasta entonces no lo tenía sino difusamente o bajo la limitada misión de obrar como latiguillo explicativo respecto a intereses o tendencias en la filosofía. Por ejemplo, en el caso de la influyente filosofía de la experiencia de Dewey, en el caso del “pensamiento salvaje” de Lévi-Strauss, o en el caso de la monumental obra de Cassirer dedicada a demostrar cómo el conocimiento humano no es más que una conceptualización de la experiencia.

La lógica concreta tiene, según Ardao, dos expresiones sobresalientes: la “lógica de la razón vital” de Ortega, y la “lógica viva” de Vaz Ferreira. La lógica de lo concreto encuentra un lugar en la evolución de la lógica general, junto a la lógica informal. Se ocupa de la relación entre el orden racional y el orden práctico. Dicho de otra manera, es el resultado de la evolución de la inteligencia a partir de la experiencia humana. La obra de Ardao, además, muestra el ascenso gradual de la inteligencia, casi imperceptible, como dominio contenedor de la razón. Es así cómo la visión filosófica de Ardao abre un panorama en un campo inusitado para nuestro medio: la filosofía y la historia de la lógica, en especial de la lógica latinoamericana.
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Estas últimas indagaciones del doctor Ardao son para todos nosotros, en verdad, sólo “penúltimas”. Ardao no ha muerto intelectualmente y creemos que esta historia de la lógica latinoamericana es sólo uno de sus últimos trabajos. Porque, sencillamente, no puede ser que el maestro haya dejado de pensar y de escribir. Habremos de charlar con María Modesta, su entrañable esposa, y con sus hijas Alicia y Silvia, como lo hemos hecho en tantas ocasiones, para enterarnos de las nuevas ideas del filósofo.

EL ESCRITOR

Falta un último pero no menos importante aspecto: el de Ardao escritor. También en este plano es un maestro. Leer a Ardao, desde sus primeros ensayos, es igual a dejar que los conceptos se vayan desplegando en la imaginación, ordenándose en un espacio virtual, con la claridad y la belleza de una escultura. Va quedando todo armado. Pero ello se debe a una sabia utilización del lenguaje, combinación de la pureza castiza del español literario y de la ortología semántica de que es capitana la tradición filosófica de lengua española. Un léxico exacto, oportuno, respetuoso del vocabulario académico pero no insensible a las posibilidades articulatorias de la lengua; por ejemplo, a la alternación equilibrada de los estilos directo y envolvente, que la lengua acoge con parejo porcentaje de probabilidad. Una sintaxis casi idiolectal, desde que es imposible no reconocer el estilo, incluso sin firma. El uso de la sustantivación casi borgiana (contundente, cristalina, pertinente, iluminante); una adjetivación sólo generosa en la subordinación oracional para quedar al servicio de la calificación y de la clasificación conceptual; una cierta tendencia en la adjetivación, y aun en la adverbialización, a la construcción proclítica, al adelantamiento respecto al nombre y al verbo. Y una particularidad: la interpolación de frases y oraciones que contribuyen en la precisión, en la afinación casi obsesiva del dato, del antes y del después, de la autoría y de la pertenencia a clases de corrientes, de escuelas, de épocas y tradiciones. Su exposición contiene una plástica capacidad para la narración histórica, que los mejores historiadores no siempre poseen, capaz de crear la expectativa, la curiosidad, la emoción, y que seguramente envidiarían los mejores cuentistas y novelistas. Fue un consumado maestro de la cita y del epigrama, y le guardó gran amor y admiración a la poesía (es el seguro editor de los sensibles Poemas de María Isabel Ardao), desde que le asignaba un papel primordial en el campo del conocimiento y de la comunicación humanos.

Jorge Liberati

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